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Todo me (y se) importa
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Como menciono frecuentemente, tengo la suerte de participar de charlas de temáticas diversas que, en definitiva, podrían formar todas ellas parte del suplemento “sociedad” de algún periódico. En rigor de verdad, no son tan diferentes desde sus declamados objetivos si no fuera porque, en uno de los casos, claramente, la finalidad está dada por la lógica del mercado que produce, paradójicamente, prácticas y discursos de una ilógica hilarante. A mí, por supuesto, que no me ha sido concedido el don de la neutralidad, se me permitirá mostrarles en este escrito por cuál de las dos a las que me tocó asistir esta semana, me inclino –no sin cuestionamientos, como corresponde- dado que, alguna de las incongruencias de las que les hablé, deben servirnos para reflexionar –además de para divertirnos de cierta impunidad con la que se manejan quienes sólo persiguen ganancias disfrazados de preocupación por la salud. Sobre la otra no voy a explayarme porque este artículo se haría muy extenso.

Bien, la cuestión es que, si bien desde las ciencias sociales –y espero que a esta altura desde casi todas las ciencias- se vaya reconociendo que en todo comportamiento humano hay algo de política (en lo que este término conlleva de relación con el poder) la primera charla “se debía” a la empresa que la propiciaba y a la que representaban las nutricionistas, por lo tanto, estaba claro –para mí aunque no para los alumnos de los cuatro años de la Universidad a la que vinieron “desinteresadamente” a exponer sus conocimientos- hacia dónde y quiénes se dirigirían. Si se hubiera podido fumar, como hasta hace unos años en el pasillo, lo hubiera hecho de indignación pero, como tenía que salir a la vereda y estaba en un piso 14, tuve que “fumarme” –como dicen los adolescentes- los argumentos de las esclarecidas licenciadas que, sin que se les moviera un pelo, apelaron a los “futuros líderes de opinión” vertiéndoles ideas como las que les detallaré enseguida. (Destaco el concepto “líderes de opinión” que las...

Díganos lo que piensa


empresas manejan muy bien cuando en sus publicidades “engañosas” ponen profesionales con matrícula advirtiéndonos las ventajas de los productos que venden). En este caso –siempre, por supuesto, detrás de la idea de que lo importante es el cuidado de la salud- además de mostrarles a los jóvenes su rol fundamental como difusores de dicho cuidado, les explicaron que: (a esta altura yo ya quería tirarme por un ventanal pero los vidrios estaban sellados y hubiera hecho mucho ruido si los rompía) “Los vegetales congelados tienen muchas más ventajas de lo que se cree. A saber : en contra de los mitos que se han forjado contra ellos, no poseen agregados de conservantes y sodio.”

Más allá de la veracidad o no estos argumentos, estoy en condiciones de afirmar que lo que no tienen es sabor. Por otra parte, las expositoras repetían que “si bien eran más caros, el precio se amortizaba porque, además de ahorrar trabajo y tiempo en lavado y corte que –agregaba: “todos sabemos, es uno de los motivo por el que muchos de nosotros no consumimos suficiente cantidad de vegetales- cuando, por la misma falta de tiempo los compramos frescos pero luego los dejamos en la heladera y no los elaboramos ni los consumimos –y por lo tanto se nos pudren y los tiramos- terminamos gastando más.”¿?

¿No les parece un argumento ridículo? Nadie compra cosas –ni comestibles ni electrónicos ni nada para luego desechar aunque al sistema le interese que funcionemos así. Si ocurre que en el transcurso del tiempo algo no resulta y debe tirarse, se hace, pero, quienes trabajamos para ganar el dinero que necesitamos para nuestra subsistencia, no lo gastamos con ese criterio. Créanme, no resulta.

La semana pasada abrí una botella de vino con un amigo. Como ninguno de los dos tomamos más de una copa, sabiendo que hasta la próxima oportunidad el resto se picaría y me daría pena lo terminé –para no tirarlo-. Todavía tengo resaca. Talvéz, cuando el vino se pueda congelar yo sea una buena cliente del producto.

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